Piel sin arrancarla de animales. Sólo nuestra piel y todo lo que nace de ella. Enredar el pelo a lo prerrafaelita y guardarte mechones por si vuelves. Poros humeantes como el cañón de una pistola justo después de haber liquidado al malo de la película. Jabones de diferentes marcas y colonias, conocidas o no, registradas o no que saltan desde las estanterías de un duty free como anuncios por palabras de una edición antigua del periódico. Las sábanas que huelen a hombre y a sexo, a sudor concreto y a vello púbico y sin puntos y aparte cogerse de la mano: la manosobrelamano, la manodentrodelamano, los dedosentrelazado; cogerse de la mano y que me de un vuelco el corazón y las tripas mucho más violento que cuando deletrean sexo al oído porque los iones se me cargan de microternuras.
Conservo catálogos inmensos de grandes escenas de teatro y narraciones negras y puras: un río de tinta que me sacará de pobre cuando se me acabe el chollo del arte o me quede ciega de pinceladas pero lo tengo escondido-olvidado en la media vuelta de mi cajón secreto. Sin embargo hay otro catálogo que son piezas de collage que monto sin darme cuenta sobre los patrones que harán mi vestido, inspiraciones a ciegas para pincharme los dedos con las chinchetas. Y por alguna extraña razón que desconozco (pero que Breton sabría dar respuesta) es más mío aunque no lo vea.
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