Qué jodido que me lo haya pisado Sartre. No, bueno, no me lo ha pisado: lo sintió antes, antes de mi. Qué jodido nacer tarde. Siempre he nacido tarde. Para todo. También para la náusea. En lugar de más de un centenar de páginas impresas en papel oloroso, me mira una venezolana con camiseta brillibrilli y una bata, que dice ser médico y dice que me remonte a mi árbol genealógico para saber si me pasa a mi¡í o nos pasa a los del castillo o nos pasa a los rodríguez. Nos pasa, doctora. Le pasó a Sartre, y seguro que a algún neanderthal que sólo dibujaba bisontes. Yo qué coño sé. Déjeme ser original en este instante con los cables monitorizándome.
Voy a regalarle a mi doctora esta edición que manoseo: ve usted, ahí, la página marcada. O mejor. Olvídese de entrecomillados, léaselo entero sin digestiones ni pausas, y luego hablamos, luego hablamos y ya verá como le da por poner entrecomillados en su informe porque lo mío lo relata mejor Sartre que yo, que sólo soy la enegésima generación que tiene náusea.
Vergüenza le debería dar preguntarme por mis dos trabajos y mi relación a pique y mi padre ausente y mi madre virgo cuando ya todo lo dijo Sartre y ya dedujo que no hay motivos. Que me duele vivir y eso no tiene remedio. Apunte los síntomas y deje de remontarse, que esto es una consulta seria y lo que quiero es una pastilla. Ahm, crscrst,gluglub. Mejor
Y quítese esos brillos, que no puedo hablar de lo etéreo con tanta materialidad delante.
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