Cuando todo era abrir puertas y madera irresponsable. Y un jergón entre catálogos de arte: la época con menos maquillaje y más tupper. Ida y vuelta. Las rondas de noche y Lavapiés de día. Todo era Madrid, todo olía a basura como elixir de la vida.
Ay, cuando todo era abrir puertas a las ventanas de un siempre cristal y un siempre sol. Caminar con los tacones de mamá y probar su carmín en unos labios de payasa, jugar a saltarme etapas y lanzar la lima más allá de la casilla de inicio, dos casillas a la pata coja como si fuera la dueña de la gravedad. Sin miedo a caerme. Ciega sin ver el abismo a ambos lados.
Si Nouvel supiera que tiene un ángel. Si Nouvel viniera con su calva reluciente a respirar profundamente su madera de la desdicha, su perfume de la perdición de envoltorio de regalo. Entonces abriría la puerta para irse.
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